Conferencias: "El mundo del idiota"

Discurso del Dr. Narciso Pousa

Muchas gracias por los aplausos. Yo tenía una amiga que decía que las gracias las hacen los monos. Creo que no soy responsable de tantos elogios ni talentos. Lo aclaro porque la gente se engaña mucho con las apariencias. En mi caso, he tenido la suerte de contar con importantes maestros, tales como Eugenio Puchiarelli o Coreolano Guerrero Alberini, que fueron y son grandes ejemplares en la galería de los notables.

Hace años publiqué un trabajo titulado "Filosofar y vivir" en la revista de la Universidad Nacional de La Plata. En general, se cree que la filosofía o la teoría es como un íncubo, enemigo del vivir. Así, el que vive, no piensa; y el que piensa, no vive.

El concepto de filosofar se plasma de diferentes maneras en la imaginería común. La más habitual es aquella imagen que representa el filósofo perdido en una niebla de abstracciones, mientras ignora las más elementales experiencias de la vida. Otra imagen muy utilizada es la que lo presenta en el balance final de una vida perdida. El filósofo se dice: perdí mi vida haciendo teorías y ahora ya me despido sin haber podido poner en vida las tesis y pensamientos elaborados. En definitiva, el filosofar lleva consigo el peligro de no vivir, es decir, llevar una existencia poblada de abstracciones que son un remedo o imitación de la vida. Y la filosofía perecería un conocimiento ineficaz. Muchas veces encontramos esa tesis.

En realidad, toda filosofía conlleva en su origen la exigencia de modificar la actitud de quien filosofa y actúa, además, en la vida. Platón (428 a. C. - 347 a. C.) y Aristóteles (384 a. C. - 322 a. C.) concibieron la existencia de un movimiento teleológico condicionado por la finalidad última. Concibieron que competía al filosofar la identificación y verificación de ese fin supremo. Por ello, es que la forma más allá de la vida la constituía la visión contemplativa. Aristóteles verifica la realización de la más alta naturaleza humana en el libro Metafísica, cuando escribe: "Todos los hombres por naturaleza desean conocer. El conocimiento es algo que los hombres persiguen de múltiples maneras, porque el conocimiento es una riqueza y es el tesoro del pensador"(Met. 980 a). Jámbrico, que fue un aristotelista tardío, agrega parafraseando esa afirmación: "Por consiguiente, los hombres buscan la sabiduría por sobre todas las cosas, pues aman la sabiduría y buscan el conocimiento porque aman la vida". Así lo dejó asentado en el Protréptico Aristotélico.

De este modo, el conocimiento de la filosofía descubre el bien último que determina una manera de vivir auténtica y que se diferencia de las otras formas engañosas. El vivir auténtico es aquel que se define como un vivir contemplativo o teorético, que caracteriza al vivir filosófico. Cicerón en las Cuestiones Tusculana nos presenta: "El filósofo vive únicamente para la contemplación, para la teoría, que penetran los muros materiales que nos rodean y descubren, tras las apariencias, un mundo invisible, que es la patria de la Verdad y del Bien.

Los griegos crearon la filosofía, esto es el amor al saber, y nos lo fueron transmitiendo. Luego lo asimilaron los latinos y más tarde lo desarrollaron los grandes mentores de la Edad Media y de la Edad Moderna, la cual culmina en grandes figuras como Georg Wilhem Friedrich Hegel (1770-1831) o Sören Kierkegaard (1813-1855). Cuando Hegel recogió el problema en su Fenomenología del Espíritu puso de manifiesto, en forma analítica, la distancia que existe entre el conocer y el vivir. Al diagrama de esta revelación es lo que llamó consciencia desdichada. Es decir, el filósofo ha pasado toda su vida tratando de percibir entidades mentales y, como escribe Martínez Estrada en su poema: " ni un solo hijo, el saber para nada". Se le ha ido la vida, no ha alcanzado nada definitivo. No tiene una existencia completa en el amor. Esto es algo así como la confesión del filósofo, que nunca alcanza a determinar su meta. El resultado de tal esfuerzo es el de aguzar la consciencia de la aporía, que significa poros tapados. Poro quiere decir camino abierto. Los poros que tenemos en la piel son vías de salida. No obstante, si están tapados, el filósofo vive ensimismado en lo que su intelecto produce, sin ninguna vía que lo comunique al mundo exterior, a la experiencia común del resto de los mortales.

Los grandes estallidos que llevan los nombres de Sören Kierkegaard, el creador del existencialismo, Karl Marx (1818-1883), el creador del movimiento social, y Friedrich Wilhem Nietzsche (1844-1900) han venido a transformar el mundo moral o, mejor dicho, ciertas formas aparentemente morales que en realidad son negativas, puesto que no aman la vida y no están pendientes de esa meta final. A esto se refiere el artículo que publiqué hace bastante tiempo en la revista de la Universidad.

No obstante, lo que he de desarrollar es el artículo que publicó La Prensa varios años atrás. El diario en aquel momento todavía tenía salida e invirtió una página entera en mi trabajo. Recuerdo que me lo pidió su director y, en cierto sentido, también descargo mis culpas en gente que no nombro. Lo voy a leer y a comentar. Empieza con una cita de Heráclito de Efeso: "Los que andan despiertos viven en el mismo mundo común a todos [1]". Sin embargo, cuando dormimos cada uno cae en su propio mundo y se trata de un mundo singular, que es el idioskosmos. Idioskosmos es un pequeño texto de Plutarco que se encuentra en su trabajo Sobre la superstición.

En castellano, el vocablo idiota designa a una persona sin inteligencia. En mi artículo, en cambio, yo lo uso con la acepción griega de lo propio, lo particular, lo singular, lo no común a todos. El idios se refiere a la singularidad, por eso, el idiota vive en su propio mundo. El cardenal Nicolás de Cusa publicó un texto titulado Idiota en 1450. En el mismo la palabra idiota se refiere a la persona lega, no educada, que se sigue por su propia experiencia.

El idiota dice: yo me rebelo a pensar como los demás y trato de mostrar una propia concepción de la vida. Subo a un gran monte, como lo hizo Zaratustra, y allí descubro la propia vida, si bien los demás no llegan a entender nada de esa experiencia. Esto es la aporía o ausencia de poros, en tanto la persona elabora categorías, vive como piensa y se aparta de aquello que es común a todos.

El príncipe idiota es una novela de Fedor Dostoiewski que fue editada en 1869. Enfoca la particularidad de este príncipe, Muichkine, como ambigua entre la ineptitud y lo sublime espiritual. Es célebre ese pasaje de la novela en el que el protagonista entra a una habitación y tiene terror porque se le caen las cosas. En el lugar hay un valioso jarrón y el hombre sabe que lo va a romper, si bien trata de hacer todas las artimañas posibles para evitarlo. Finalmente, termina rompiéndolo. Hay cierta analogía con la figura del místico, quien es el refugio de lo singular. El místico se retira del mundo común y vive aislado en relación con los valores más altos en el diálogo con Dios. En Macedonia, en el norte de Grecia, existieron esas personas.

Yo di clases en Rosario, en Buenos Aires, en Bahía Blanca y en La Plata. Solía viajar a Rosario en tren, acompañado de una insigne personalidad platense que fue Emilio Estiú. Emilio armaba juegos de adivinanza que lo atrapaban a uno. Por ejemplo, me decía: " adivina que es lo que estoy pensando".

Volvíamos de rosario en el ferrocarril, luego de nuestras clases semanales en la Facultad de Filosofía y Letras. Corría el año 1956.Y en ese momento había descartado el último rey sobre el as correspondiente. Y con eso el juego de barajas pasaba a ser mío, al fin. A esa hora gloriosa de la noche recién inaugurada, el tren iba entrando ufanamente por la estación transitoria de Ramallo. Emilio Estiú sonrió a la catalana saboreando por anticipado la nueva dificultad que sin duda tenía preparada desde antes de subir al tren. Ahora vamos a cambiar de juego. (Era el cuento de nunca acabar, pues él planeaba sus desafíos como enigmas que para ser resueltos había que poner en función la lógica, avanzando con cuidado, ir recordando los pasos dados. Se trataba de jugar a ciegas) [2]. El juego consistía en adivinar en qué consistía el juego. Pero lo cierto es que Emilio triunfaba siempre hasta perder por primera vez. Entonces cambiaba las reglas. Su espíritu radiante lograba erigir nuevas pautas férreas que lo capturaban a uno con su coherencia endiablada, hasta descifrarlas. En mi interior evocaba la enigmática figura del voluble Niño rey de Heráclito y sus juegos caprichosos.

Nunca agradecí lo que merecía tu paciente docencia, amigo genial. Aunque me tocó revalorarla en toda su inestimable significación. Se trataba de la lucha contra lo desconocido. El intento de vencer la obstinada renuencia a ser aclarado. Estamos más acostumbrados a percibir la realidad preinterpretada y pretender dominarla sin la derrota del error. Pero justamente lo que importa es superar los errores aprendiendo de ellos. La fatigosa tarea del filósofo [3]. Cada vez que hacemos una afirmación podemos llegar por el análisis a la conclusión de que hemos errado. En general, casi siempre equivocamos o erramos. La verdad no es de este mundo, es del otro mundo.

En estas postrimerías del siglo XX arrecia el temporal de las nuevas generaciones epigonales, que se desencadena como es la costumbre, desde las ciudades del norte. Y crece en mí la impresión de estar frente a un calidoscopio de incesantes imágenes sin profundidad. Claro que en mi impresión hay que descontar la ansiedad por lo definitivo que rige en el espíritu cuando se ha traspuesto el límite de los setenta años. Aparentemente los filósofos tienen su discurso de espaldas los unos a los otros. Pero en lo más hondo todas las voces están atrapadas por un mismo tema [4]. Es decir, los pensadores van creando ideas nuevas en Francia, en Alemania. La interrogación se hace interminable y, además, inabarcable. No se puede pretender tener una noción de la totalidad.

Entre aquellos pensadores estaba un discípulo de Edmund Husserl (1859-1938) que merece el primer lugar en el siglo XX: Martín Heidegger (1889-1976). Él era un hombre católico y su padre era sacristán. Su tío se dedicaba al arreglo de la chapa de los autos.

En Alemania, para acceder a una cátedra no se realiza un concurso como aquí, sino que el discípulo acompaña al titular a través de los años y, cuando este se jubila, ocupa su lugar. Fue lo que ocurrió con Heidegger, a quien luego acusaron de antisemita y lo obligaron a apartarse de la cátedra que había obtenido en la Universidad de Friburgo. No fue una acusación cierta. La verdad es que admiraba a Husserl que era semita. Nunca la gente de la política alemana fue tan cruel con alguien. No sólo lo separaron de su cátedra, a lo que él respondió exiliándose en la Selva Negra, sino que también lo sometieron a una desnazificación. Yo lo conocí cuando vivía en la Selva Negra, en una pequeña construcción que le había hecho hacer a su esposa.

En 1950, se hizo un Congreso Mundial de Filosofía en Mendoza. Entonces, conocí al discípulo de Heidegger, que fue Hans-Georg Gadamer (1900-2002). Heidegger y Gadamer compartían esa choza, que tenía afuera una fuente y, en el reflejo del agua, los dos se afeitaban. Gadamer vino al congreso convocado por el gobierno de Perón. El organizador de todo fue Coreolano Alberini, un gran profesor argentino de Filosofía. Lo primero que Gadamer me dijo fue: " no salgo de mi asombro, porque este paisaje es el planeta". Se refería a nuestra pampa infinita. Iba en el tren, asomado a la ventanilla, mirando azorado esa llanura que seguía y seguía. Cuando vino a La Plata le preguntamos: " ¿qué quiere que le regalemos?" Nos contestó que necesitaba lana, pues hacía mucho frío y no había dinero en la Alemania de posguerra.

Sin embargo, Gadamer logró una etapa de excelencia. El punto de vista del idiota tiene mucho que ver con los filósofos, que aparecen siempre al bies, y nos dan la impresión de que uno no se acerca a un ser humano. Gadamer me dijo estoy asombrado, porque en Buenos Aires se tratan las mismas cuestiones filosóficas que en Alemania y en Francia. Reconoció que el planeta también incluía a la Argentina. Yo le obsequié una caja llena de ovillos de lana y él me envió su obra completa. Los filósofos no somos muy expresivos, aunque no sé si yo soy tal. Yo soy profesor de Filosofía que no es lo mismo.

La Filosofía abre perspectivas diferentes y siempre ricas en consecuencias. Generalmente, quiere sacar conclusiones éticas o morales. No obstante, hay quienes prefieren el campo estético, o bien, el metafísico. La metafísica nos habla de una realidad más honda que las apariencias. Se trata de ir a la raíz para entender. Esta raíz es una cadena causal y aborda un solo problema: el problema del ser. Esta cosa admirable que el hombre de pronto reconoce, al reconocerse como existente. ¿Quién me trajo acá?¿De dónde vengo? ¿Hacia dónde voy? ¿Para qué? Estas son las preguntas que se encadenan en la meditación filosófica. Queremos saber: ¿por qué?, ¿para qué?, ¿cómo son las cosas? La Filosofía es siempre interrogación, no es respuesta. La respuesta es como una conclusión derivada de ciertas premisas: consiste en entender que tenemos mucho por conocer.

Los antiguos conocían la tesis que presenta al filosofar como enemigo del vivir. Parece que el pensador filosófico está en las antípodas, en la lejanía, sin enfrentarse con la realidad; por ejemplo, saber cuánto cuesta el kilo de papas, si va a subir o bajar su precio, que son las preocupaciones directas y concretas que tenemos todos los días. En definitiva, la Filosofía lleva consigo un no vivir, o sea, que no sirve para nada. Es necesario aclarar que la Filosofía no sirve, a la Filosofía hay que servirla. Esto significa que la persona sigue teniendo los mismos problemas por más que estudie Metafísica. El libro más maravilloso de Heidegger, en el cual me dedica la primera línea, es Filosofar y vivir, donde trata el origen de la Filosofía. El origen de la Filosofía está en no poder conocer las cosas más simples, las cosas que un niño plantea, a saber, por qué lo de arriba se ubica allí y por qué lo de abajo va para abajo. Yo me despierto en medio de la noche, con la angustia de no tener respuestas: ¿quién me trajo? ¿para qué? Son preguntas que uno puede hacerlas en broma, riendo, pero cuando se plantean verdaderamente, es que se está en la búsqueda del sentido de la vida y no siempre lo tenemos.

Uno lee decenas de libros. Ya en mi casa no tengo más lugar donde guardar un libro. Y los libros están diciendo lo mismo que decía Martínez Estrada: " todo eso para nada". Aunque es una nada que tiene sentido, porque esa nada es una forma de respuesta, por lo menos, sé que no tengo respuestas, que tengo que hacerme fuerte en la vida y no especular demasiado. Fausto es un sabio que perdió su vida estudiando, haciendo experimentos, y nos deja una desesperanzada confesión en la versión de Goethe: " veo que no podemos conocer nada". Después de tanto esfuerzo, llega a la conclusión de que todo lo que cree conocer, no lo conoce. Esto se ordena con la comprobación de Manfredo de Lord Byron. George Noel Gordon Byron (1788-1824) fue un gran escritor inglés del siglo XIX, según el cual el árbol del conocimiento no es el árbol de la vida. Por lo tanto, conocer es una desdicha. Y los que conocen más, tienen que lamentarlo más profundamente, porque ellos son los que más esfuerzo han hecho y no han hallado respuesta.

El mito de Edipo nos remite a la misma sabiduría. Edipo presenta una manera del conocimiento que tiene esa perspectiva. Cuando uno está en Grecia, se puede ir desde Atenas a Delfos, donde hay un restaurante desde el que se ve toda la Tesalia [5]. Delfos está muy alto en todo ese conocimiento. Edipo quiere decir "un pie deforme". Ustedes ya saben que Edipo mató a su padre y se casó con su madre. A Layo lo mató en una discusión de camino, en un altercado de carros.

Cuando llegó a Tebas, encontró a su madre, Yocasta, con quien se casó y tuvo hijos. Finalmente, Edipo se enteró de la verdad; entonces, tomó los broches de oro de la túnica de Yocasta y se arrancó los ojos [6]. ¿Por qué se arrancó los ojos? Porque por los ojos viene el conocimiento. Luego, su hija Antígona, lo llevaba de la mano, mientras él iba pidiendo limosna. Quien había sido el Rey de Tebas se había convertido en un mendigo ciego. Por todo esto, los griegos llaman Edipo a una forma desviada del conocimiento.

Según Byron, la vida es más maravillosa que el conocimiento. El que vive, vive sanamente. No está obsesionado por las cuestiones que atañen al conocimiento. El conocimiento no nos lleva a una empiria, sino a una consciencia de la situación de peligro en la que nos encontramos permanentemente. De ahí que la lección de Edipo sea: los que conocen más son los que tienen que lamentar más. La consciencia desdichada de Hegel significa un poco esto: cuando alcanzamos el lugar, ya se ha ido lo que esperábamos encontrar allí. El ave o la presa se va, ni bien uno llega a ese sitio. Es decir, la vida es para nada. A esto se lo llama nihilismo.

Hegel tenía una filosofía que era como un guante negro con forro colorado. Cuando mostraba el lado negro estaba de luto, cuando vestía el lado rojo simbolizaba la lucha. Lo que quería decir Hegel es que el mal o el bien no son sino facetas de la misma cosa. Y Hegel lo ilustró al querido Carlitos Marx. A Marx lo exiliaron de Alemania, pasó por Francia y recaló en Inglaterra. Vivió en la Biblioteca de Londres, donde llegó a la conclusión de que lo único que puede decirse es que: "La dinámica de esta dialéctica es lo que da sentido a la historia del hombre. El hombre persigue a través de la historia ese plano en que el conocer y el vivir se le ofrezcan como un único movimiento. La disyuntiva dialéctica sólo haya su solución en el plano atemporal, ahistórico del Espíritu absoluto [7]". Al mismo tiempo que Marx daba una respuesta sólida, nacía en Alemania quien sería un joven profesor miope, Friedrich Nietzsche. No por nada, el siglo estaba completo. "El concreto vivir se hizo patente como algo cuya cálida presencia no se resignaron a abandonar a esa transmutación impersonal deshumanizada. La filosofía de la existencia, la filosofía marxista o la antropología nietzscheana buscaron al hombre concreto, revalorándolo en toda su dimensión [8]".

No se entiende a Nietzsche, si no se entiende a Richard Wagner (1823-1883). En realidad, Wagner fue el gran maestro de Nietzsche. Este estaba enamorado de la música de Wagner y de la mujer también. Y no era nada linda la pobre mujer, tenía la nariz en gancho, si bien de frente daba la impresión de ser más tolerable. Era la hija del músico Franz Liszt (1811- 1886). Yo nunca la llegué a conocer, pero traté a una mujer que la conocía mucho, la viuda de Julián Aguirre, consagrado músico argentino. Margarita del Ponte de Aguirre fue la esposa de Julián, quien se crió en España y cuando vino a la Argentina se encontró con una chiquilla de doce años. Ella lo sobrevivió. Una de las hijas del matrimonio se casó con Juan José Castro y todavía viven. Juan José Castro ganó nada menos que el premio G. Verdi. Yo estaba en Francia en ese momento, trabajando en mi tesis, y fui al estreno de su ópera.

Nietzsche y Wagner rompieron definitivamente su amistad en el sur de Italia, precisamente en Nápoles. Pasaban las horas en unos baños a cuatro pisos de profundidad. Estuve en ese lugar, bajé en el ascensor y pude asistir a la concreción física del sitio donde habían discutido por última vez. Es una playa con una vertiente vertical y arriba está la casa de Von Waldemburg. Nietzsche le dijo cuatro cosas que quería comunicarle y Wagner le contestó con igual fantasía. Nunca más se vieron. En su delirio final, Nietzsche encontró un retrato de Wagner y, sumido en una pérdida total del sentido, mientras miraba la fotografía, dijo: " yo he querido mucho a este hombre".

En realidad, Wagner fue el descubridor de la tragedia griega. La tragedia es un movimiento dramático que va in creccendo, impulsado por el hado. El sentido trágico de la vida es un sentido ciego. Esquilo es una catarata, con esa sonoridad que tiene el griego. Hay que tratar de dominar el idioma, no es muy difícil. La grandeza estaba en los griegos, no en los romanos. Si queremos aprender algo nuevo: los griegos. Nietzsche estudió a los trágicos griegos en su obra El origen de la tragedia. Era filólogo y entendió el sentido de la vida ahí expuesto. Por origen quería decir aquello que da causa a la tragedia. Los personajes trágicos están movidos por un sentimiento en una sola dirección. Por ejemplo, Antígona se enamora de su hijastro. Una de sus sirvientas le atiza el juego y, cuando se da cuenta de lo que ha hecho, se arranca los ojos como su padre. Los griegos creían que el conocimiento llegaba por la visión, más que por la audición, más que por el sabor. Por ende, arrancarse los ojos significa no participar más de ninguna verdad. Ella ha caído en la trampa. Echó una mirada profana, incestuosa, y la sirvienta, la detestable nona, condujo todo el resto. Sin duda, la tragedia griega enseña a filosofar, porque es precisamente una reflexión sobre causas y efectos. Aceptación. Cuando el personaje trágico entra en escena se hace parte de la tragedia. Así, en el momento en que Orestes se prepara para matar a su madre, esta le dice: " Hijo, yo te he llevado en mis entrañas". Y él le contesta: "J ustamente por eso, porque me llevaste en tu vientre". La mujer había asesinado a su esposo, el Rey Agamenón. Le preparó un baño y, cuando el Rey estaba en él, con un hacha lo mató. Su hijo Orestes no se lo perdonó. Es necesario destacar que la tragedia pasa de un personaje a otro. La causalidad, la misma que vemos en todo lo que nos rodea, se va pasando. No se trata de algo estático que paraliza al hombre, sino que lo moviliza continuamente.

Esto es parte de la grandeza griega. Por eso, tomar un poco vino en una de las terrazas de las islas griegas significa haber cumplido. Yo no tengo ya ganas de conocer ni la India ni Japón. No me importa nada. En esas islas me habría quedado a vivir para siempre. Hay muchos pintores que se instalan allí, pues están llenas de espíritu.

El origen de la tragedia es el primer libro y el definitivo de Nietzsche. Todos los posteriores son comentarios de aquel. Lo escribió en 1870, año en que Alemania lanzó su primera ocupación de Francia [9]. Alemania puso en práctica la táctica militar. Descubrió que no hay que ir a Francia directamente para dominarla, sino que hay que trasladarse a Bélgica, tomar los montes Ardenas y, en una vertiente abajo, acceder a territorio francés. Durante la Segunda Guerra Mundial, los alemanes llegaron a París en una semana. Tenían la orden quemar París, de destruir la ciudad. Sin embargo, el embajador sueco hizo reflexionar al alto mando alemán acerca de su imagen para la posteridad. Serán recordados por haber quemado Notre Dame y sus nombres serán maldecidos por toda la humanidad. Todo esto está magistralmente tratado en la película Arde París. Hitler no se contentó con haber quemado Colonia en Varsovia, quería convertir en ruinas a París. La primera vez que llegué a París, la gente estaba aterrada por la guerra. La guerra pone de manifiesto la verdad del cobarde o la verdad del valiente. Es una puesta a prueba y evidencia el espíritu del temerario, así como del que tiene pocas agallas.

"Por lo tanto necesitamos plantear la cuestión del idios (Robert Musil lo desarrolló en su célebre novela Der Mensch ohne Eigenschaft, esto es, El hombre sin cualidades. Pero originalmente fue enunciado por Heráclito). [10]" ¿Qué es lo que fue enunciado por Heráclito? El mundo del idiota, un mundo clausurado, que se retroalimenta. "Comenzando la meditación sobre el idios referida al lenguaje, vemos que se trata del mismo idios que configura la palabra idioma. El idioma es un lenguaje que presenta características diferenciales, forjadas regionalmente, y que suele manifestar la idiosincrasia nativa. Esos caracteres telúricos tantas veces exaltados por el orgullo nacional. Paradójicamente al afirmar lo propio el idios adquiere un poder centrípeto que aglutina, pero a la vez aparta y separa lo que es propio, de lo extranjero; se muestra sectario, provocado por el placer travieso de un habla privada. Y finalmente se constituye en el muro que divide a la humanidad en la mítica torre de Babel. [11]"

Robert von Musil fue un escritor austríaco, que murió en Ginebra en 1942, durante la guerra. Cuando terminó la guerra, yo estuve en Austria. El embajador argentino era un descendiente de Juan Manual de Rosas. Todavía estaban las secuelas de los bombardeos que habían sufrido. Con esto quiero decir que la vida en esos pueblos es una vida trágica. No era fácil vivir en España, tras cuatro años de guerra civil. Mi abuela, Rita Canaria, murió en plena guerra civil. Ella conocía a un arzobispo, a quien también asesinaron. Estoy hablando de una época salvaje. Caer en manos de la policía de Franco era desaparecer, del mismo modo que más tarde desaparecieron miles de argentinos aquí. Eso causa horror.

En el barco que me transportaba a Europa iba una pareja de chilenos, que quería estudiar la arquitectura de Charles-Édouard Jeanneret Le Corbusier (1887-1965). Llevaban diez mil dólares y querían bajar en Santiago de Compostela, que es uno de los dos puntos de referencia obligada de la humanidad cristiana. Al apóstol Santiago se lo venera en Santiago de Compostela y al apóstol Pedro en Roma. Cuando fui a Roma con al arzobispo José Antonio Plaza, tuve acceso a las reliquias de Pedro, prueba carbono 14 de por medio. En aquel entonces, estaban haciendo excavaciones en Roma; sin embargo, esa parte es la que dominó Nerón y tenían miedo de que se derrumbase: eran capas de construcciones de distintas épocas. Roma causa miedo.

En fin, ese mundo trágico es el que avizoró Nietzsche en su Origen de la tragedia. ¿Y en qué consiste la tragedia? En ser objeto de un discurso que no lo genera uno, sino que viene desde afuera. No sabemos cómo, pero de pronto nos vemos peleando o siendo expertos inconmensurables en cosas que nunca se nos hubieran ocurrido hacer. Existe como una especie de fuerza impersonal que lo obliga a uno a salir a la calle, a tirar piedras, a ser piquetero. Se trata de movimientos ciegos. Ya cuando hay multitudes, la gente está ciega. Al igual que Edipo, ya no conocen, saben que hay que destruir, que hay que deshacer las cosas.

Y digo al término del artículo: Al fin, al llegar a Buenos Aires en la medianoche, atravesábamos en subterráneo la distancia hasta Constitución. Allí, a esa hora, yo tomaba un yogur, de aquellos verdaderos, sin la infección del flavour actual. Mas para Emilio eso era una blasfemia de bárbaros escitas. Yo aducía una adicción contraída en París, en el tiempo de penuria del estudiante, lejos de la patria. ¡Aquellos tiempos del plan Marshall! Una kebab (que era como una brochette de carne) en el bistrot griego de la Rue des Ecoles, más un yogur. ¡Vaya comida!

Eso le bastaba a él para abstraerse en su mundo durante el viaje a La Plata [12]". Yo le puse un verso final de un gran poeta argentino, Ricardo E. Molinari: "Domir. ¡Todos duermen solos madre! [13]"

En los últimos tiempos ha habido dos grandes poetas: Molinari y Jorge L. Borges. En el verso se revela semejante verdad: la soledad acompaña al hombre, por más que hayan multitudes, amigos, hermanos. Uno está solo. Ese duro aprendizaje de estar solo y de enfrentar la vida, es lo que llamamos educación. Bueno, no voy a aburrirlos más. Voy a dejarles copias de "El mundo del idiota", por si quieren conservarlas.

Aplausos.

Notas:

  • [1] La Prensa, Domingo 26 de setiembre de 1993, Sección 4ta.
  • [2] La Prensa, Domingo 26 de setiembre de 1993, Sección 4ta
  • [3] La Prensa, Domingo 26 de setiembre de 1993, Sección 4ta.
  • [4] La Prensa, Domingo 26 de setiembre de 1993, Sección 4ta.
  • [5] Se refiere a la región este de Grecia, en el mar Egeo, dominada por los macizos del Olimpo, al norte, y del Pindo, al oeste, y formada por los nomos de Karditsa, Larisa, Trikala y Magnesia. Cfr. Diccionario Enciclopédico Larousse, Ed. Planeta.
  • [6] Sófocles lo relata así, en Edipo, Rey: "Edipo corría desatentado pidiendo que le diéramos una espada y que le dijésemos donde estaba la esposa que no era esposa y en cuyo seno maternal fueron concebidos él y los propios hijos de él. Y furioso como estaba -un genio se lo indicó, pues no se lo dijo nadie de los que le rodeábamos -, dando un horrendo grito y como si fuera guiado por alguien, se arrojó sobre las puertas: la derribó de los goznes y se precipitó en la sala nupcial, donde vimos a la reina colgando de las fatales trenzas que la habían ahogado. En seguida que la vio el desdichado, dando un horrible rugido, desató el lazo de que colgaba; y cuando en tierra cayó la infeliz -aquello fue espectáculo horrible, arrancándole los broches de oro con que se había sujetado el manto, se hirió los ojos diciendo que así no vería más ni los sufrimientos que padecía ni los crímenes que había cometido, sino que, envueltos en la oscuridad , ni verían en adelante a quienes no debían haber visto, ni conocerían a quienes no debían haber conocido, Y mientras así se lamentaba, no cesaba de darse golpes y desgarrarse los ojos. Al mismo tiempo, sus ensangrentadas pupilas le teñían la barba, pues no echaban la sangre a gotas, sino que como negra lluvia y rojizo granizo se la bañaban". Cfr. SÓFOCLES. Edipo, Rey y Antígona, Buenos Aires, Ciordia, 1995, p. 47, 48.
  • [7] Narciso Pousa. "Filosofar y vivir".
  • [8] Narciso Pousa. "Filosofar y vivir".
  • [9] Se refiere a la guerra franco prusiana. Bismarck, canciller del káiser Guillermo I, orquesta la ocupación de Francia, gobernada por Napoleón III, para conseguir los territorios limítrofes de Alsacia y Lorena, luego recuperados por Francia durante la Primera Guerra Mundial.
  • [10] La Prensa, Domingo 26 de setiembre de 1993, Sección 4ta.
  • [11] La Prensa, Domingo 26 de setiembre de 1993, Sección 4ta.
  • [12] La Prensa, Domingo 26 de setiembre de 1993, Sección 4ta.
  • [13] La Prensa, Domingo 26 de setiembre de 1993, Sección 4ta.



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