Conferencias: "El acto espiritual"

Discurso del Dr. Narciso Pousa

Voy a tomar la palabra pero es mi deber advertirles que tengo ochenta y dos años y que esto no es casual, pues uno persiste en el error de seguir viviendo, lo que acarrea dudas acerca de si se justifica alimentar este cerebro.

El tema del acto espiritual yo lo empezaría desde la perspectiva occidental, si bien la relación entre acto y espíritu es muy oriental. "Ser en acto es verdaderamente ser", dice Aristóteles. La palabra griega es energeia, que significa ser, realmente ser. El ser no se conforma con haber aparecido una vez, sino que está permanentemente golpeando nuestras puertas para ir desarrollándose. No se trata de un hecho estático, sino dinámico que tiene una capacidad de realización, de ahí que todo ser humano, toda vida humana, toda cultura humana sea un ser posible. El ser posible es la condición inicial, pues lo imposible jamás llega a ser. Para llegar a ser, es preciso entrar por el camino de lo posible.

El hombre que entra en esa dirección se manifiesta como un ser abierto, como una tarea inacabada, en tanto que nosotros nunca dejaremos de ser el intento de ser lo que queremos ser. Es decir, el hombre persigue un límite al que no va acceder, y tal límite es el punto final que significa la desaparición del mismo hombre. Lo que es imposible es renunciar a la lucha, al esfuerzo por ser, por conocer, por hacer, mientras se viva. Yo tengo ochenta y dos años y la tentación es no hacer más nada: es más sencillo arrellanarse en una silla a tomar el sol, pero eso no me gusta. Por el contrario, me gusta hacer, quiero ser y, para esto último, tengo que abrirme a la realidad, porque nadie es si está en conflicto con la realidad . El concepto de lo abierto quiere indicar que el ser se presenta como tarea inacabada, perfectible y siempre con nuevas posibilidades.

Es necesario reconocer en qué estamos fallando y ocuparnos de ello, ya que, de otra manera, lo que hacemos es retroceder. No olvidemos que la diagonal setenta y cuatro termina en el cementerio, que no es sólo la muerte biológica, es también la muerte mental y espiritual. Morir es cerrarse, mientras que abrirse a la vida significa que el hombre no acaba nunca nada en forma definitiva. Su hacer es un hacer permanentemente reiniciado. El hombre es maleable, es adaptable, es mejorable, es perfectible. No tiene motivos para aceptarse en esa forma retrógrada de ser, salvo que esté enfermo. Le enfermedad tiene que ser siempre eliminada del horizonte.

Alain Fournier fue un joven de dieciocho años que realizó una de las novelas más significativas de su época, en la que escribió: "Yo no soy un ser del todo real". La perfección de lo real consistiría en clausurar el proceso de perfectibilidad, es decir, afirmar que el hombre es con sus determinaciones conquistadas para siempre. Es -en latín, existir- per factum, significa llevar el factum, o sea, el hacer, a su última conclusión. Como es perfectum, per factum quiere decir que ya no hay nada más por hacer. He llegado al final: la casa está limpia, los platos están lavados, todo está ordenado, entonces me acuesto a dormir. En este caso, el equivalente a dormir es morir, porque ya está todo listo. Sin embargo, la vida es esfuerzo, acción, y esto es acto espiritual.

El espíritu es una entidad no visible, aunque es factible. Espíritu es el verbo que hay que conjugar en presente activo y en futuro activo: soy lo que soy, soy lo que seré, respectivamente. "Popeye", personaje de famosa tira cómica, tenía una fórmula que ha llegado a una gran profundidad: "soy lo que soy, y nada más que lo que soy". "Soy lo que soy" en la medida en que estoy siendo, sin retirarme a dormir. "Soy lo que seré" en tanto el hombre se presenta predominantemente como un ser que consiste más en un futuro que en un presente o en un pasado. Cuando nos preguntamos qué somos, contamos nuestros proyectos y planes. El pasado hay que usarlo como excusa, como una intención para el futuro.

La propuesta es hacer. Quiero hacer, en el sentido de concretar, no pensar, no imaginar, no meditar, que son tareas creativas bastante buenas, pero siempre que tengamos la convicción de hacer. Por eso, el hombre se presenta predominantemente como un ser que consiste más en un futuro que en un presente. Puedo ser en permanente tarea de llegar a ser, pero este proceso no debe llevar a desubstancializarnos, pues sacar las sustancias es pensarnos como fantasmas. Hay que llegar a ser un ser concreto, sin idealizaciones. De ahí que Henri Bergson escribiera: "el hombre es alguien que siempre emerge como protagonista del devenir, está cambiando y es parte del cambio, está abierto a la vida".

Ser persona proviene del griego. Cuando los griegos hacían teatro, los actores apenas si se veían, por eso usaban una máscara de madera hecha por un escultor. La tragedia estaba montada de tal forma que no se iba a ver cómo actuaba un elenco, sino que se iba a admirar las máscaras que remitían al personaje que el actor encarnaba. Si se trataba de Edipo, este personaje estaba resumido en una máscara que expresaba horror, repulsión, pena, lástima, etc. Tal máscara interpretaba todas las palabras que se estaban diciendo, de ahí que se llamara personare, persona.

La persona detenta el carácter espiritual, pero se constituye a partir de los hechos. Si viéramos los hechos, los políticos tendrían que explicar muchas más cosas, pues lo que analizamos es lo fáctico, no la fantasía ni la quimera.

Por otra parte, los actos espirituales que constituyen a la persona son actos religiosos. Cabe resaltar que no me refiero a ninguna religión en particular. El individuo sabe que por encima del hombre está el héroe griego, por encima del héroe están los santos, por encima de los santos están los ángeles, y por encima de estos está Dios. Hay una escala que se hizo muy clara en la Edad Media: entre Dios y la criatura no hay un abismo, sino una serie de grados del ente.

Recuerdo en plena guerra, cuando salía del teatro Odeon, oir que los canillitas decían: "Cayó París". Nunca me olvidaré de ese 13 de junio, día en que los alemanes ocuparon París y ya apuntaban al resto del continente. Para mí era una catástrofe, no porque fueran alemanes -yo venero a muchos de ellos-, sino porque se trataba de Hitler con su filosofía odiosa y su promesa de crear hornos para quemar personas por su origen. Estoy hablando de revelar al hombre. El acto espiritual uno va viéndolo detrás de cada uno de los actos, donde aparecen los matices. Ante la pregunta de ¿quién eres?, uno teme que le contesten "soy el Demonio", quien a veces se hace presente.

El hombre, entonces, es ese ser entre los ángeles y los fantasmas. Es el que aparece coextensivamente con el proceso: se hace con lo que va haciendo, con las emergencias a partir de las cuales va definiendo su perfil. Siendo persona y como tal un acto, carece de posibilidades de objetivación, o sea, se resiste a ser objeto de conocimiento en el sentido tradicional del término.

Si yo salgo con un traje un poco exótico, la gente me mira y me siento mal por ello. Es decir, el hombre aparece a la mirada del otro, aunque la misma no siempre es enaltecedora, a veces, está un escalón más abajo. En esa huella hallamos el modo en que la apariencia opera en el hombre. Por un lado, la persona aparece como carácter permanente y, por otro, con una actitud de renovación, que enfrenta lo diverso y está abierta a lo nuevo. Dado que la persona supone cambio y permanencia, San Agustín se refiere a esto como sigue: "me he preguntado a mí mismo quién soy" ¡Cuántas veces tenemos que preguntárnoslo! Él distingue dos preguntas: "¿Quién soy? Un hombre ¿Quién es ese hombre, Dios mío, ese hombre que soy yo?"

El concepto de persona es el que más se adapta a la concepción cristiana del hombre. Frente a las personas divinas, la criatura humana refleja dicha estructura personal. En realidad, quiero indicar que el hombre limita con lo sobrenatural y sólo a partir de ese Dios podríamos responder qué es el hombre.

Las Confesiones de Agustín de Hipona es el libro que más se ha vendido junto a la Biblia. Es un éxito editorial para siempre, porque se trata de la confesión de un hombre vivo, que no disimula nada de su parte oscura, por el contrario, toma conciencia de ella. De ahí que se pregunte: "¿Quién soy yo, Dios mío, que cambiando sigo siendo yo mismo?".

Esta obra conmueve, porque San Agustín está sujeto a todos los errores para superarlos. De hecho, en sus comienzos fue un maniqueo. El maniqueísmo consiste en la afirmación el Bien tiene ser; el mal es lo opuesto. Por ejemplo, son las películas de vaqueros, según la interpretación de Hollywood. Hay una persona buena que monta caballo blanco, que lleva sombrero blanco y viste pantalones blancos; mientras que el malo monta caballo negro, lleva sombrero negro y viste pantalones negros. El maniqueísmo supone que el bien y el mal están bien enfrentados, jamás pueden confundirse. Sin embargo, en la realidad el hombre malo puede disimularse y parecer alguien seductor. El mal es ausencia de ser.

Como he sido jurado internacional de cine en Mar del Plata en el año 1960, voy a retirarme con una anécdota de entonces. En tal certamen, los cines de la ciudad estaban a nuestra disposición. Yo estaba viendo una de esas películas que pretendían tener un lugar y justo a mi lado se sentó Victoria Ocampo. El film era un asunto de verduleros que se disputaban un mercado y Victoria me dijo: "vos comprendés que con los verduleros jamás será posible hacer una tragedia". Es verdad, se puede hacer una cosa escabrosa, detestable, pero la tragedia requiere cierta grandeza. Fui amigo de Victoria, pese a que vivo en La Plata. Entonces, cada vez que nos encontrábamos, lo hacíamos con simpatía.

Para concluir, el ser posible del hombre es el ser perfectible y previsible. El acto espiritual es el que perfecciona a la criatura, le hace acceder del acto biológico al plano psicológico, de este último al sociológico y, por último, al que tiene que ver con la eternidad. Puedo preguntar a Dios: "¿yo voy a ser ese?", y el Altísimo me responderá: "No, no vas a ser ese; serás otro, quizás mejor o tal vez peor, pero serás otro".

Por eso, el hombre es un ser posible, abierto a cambios, y esto constituye su grandeza y sus peligros. Luego de esto, voy a decirles una triste verdad: me voy. Ustedes también aprovechen a huir antes de escuchar otra conferencia.

Aplausos.

[Preguntas de los asistentes]




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